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martes, 17 de abril de 2012

40 Turquía -Pérgamo- parte III

El tiempo de este viaje llegaba a su fin. El plan era llegar a casa un poco antes de Navidades, muy poco, lo justo. En realidad prefería haber llegado después...

Conducir se hace un poco tedioso si tienes la sensación en el cuerpo de que esto casi ha terminado. Así que tres barcos reducirían considerablemente las horas al volante y permitirían muchas horas de reflexión sobre todo lo vivido.

Pero la costa turca tiene algunas maravillas que no hay que perderse, y al menos hubo tiempo para descubrir una de ellas de camino a Çesme, de donde zarpaba el primero de los 3 barcos.

Pérgamo:











Homenaje culinario para suavizar la vuelta a la realidad:

Primer 'barco' que trasladó al Defender en su camino a Europa. Travesía de 45 minutos con temporal de lluvia incluido, entre Çesme (Turquía) y Chios (Grecia).

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martes, 27 de marzo de 2012

39 Turquía -Estambul- parte II

Llegar a Estambul fue como volver a casa. Después de meses dando tumbos por el mundo en lugares donde todo es tan absolutamente diferente a nuestras costumbres, llegar a una ciudad como Estambul sienta como si llegaras a tu casa.
Son pequeños detalles que realmente reconoces cuando has tenido que prescindir de ellos... las marcas de coches, poder entrar en un supermercado, un surtidor de diesel, un bocadillo en barra de pan, un barrendero, un cantante que suena en la radio, la portada de un periódico aunque no entiendas lo que dice, la ‘facilidad’ con la que el agua caliente sale por el grifo...
En definitiva pisar Estambul fue como aparcar junto a mi casa, pero en otro idioma. Las hordas de turistas que abarrotan la ciudad en verano ya no están, y a pesar de ello seguimos siendo muchos los extranjeros que paseamos por sus calles.
Ahora la ciudad parece más asentada en un ritmo habitual: la mitad de las calles está en obras; la gente hace cola para sellar una especie de Lotería Primitiva que ofrece un premio de no sé cuántos millones de liras; caras somnolientas en el bus de primera hora de la mañana; paseos familiares de fin de semana en la orilla del Bósforo; etc.

Así que después de negociar en un Hotelito barato pero con todas las comodidades, me asiento en la ciudad durante 15 días, buscando la tranquilidad que raras veces he disfrutado en los últimos meses y miles de kms.


A la orilla del mar la gente se entretiene probando su puntería, jugando a fútbol, paseando, tomando un té y jugando al backgamon, pescando, o mirando al otro lado del estrecho... allá en Asia:






Yo me iba cada tarde con una ración de arroz con garbanzos, otra de hígado con patatas, un pan y un refresco (todo por unos 3,5 euros) y disfrutaba de un rato de tranquilidad.

O compraba pescado fresco en este mercado y allí mismo me preparaban un auténtico manjar.

Por fin una visita tranquila a Santa Sofía y la Mezquita Azul.







Otros rincones de la ciudad









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viernes, 23 de marzo de 2012

38 Turquía -también de vuelta...- parte I


La nieve del Ararat ya anunciaba lo que me esperaba en las altas montañas del Este de Turquía, pero yo no lo supe entender, así que mientras esperaba para cruzar la frontera y dejar atrás Irán me propuse unas etapas que me llevarían a la costa del Mediterráneo. La primer etapa consistía en llegar a dormir ese mismo día a Erzurum.
La cosa ya iba un poco justa porque en la frontera me tuvieron varias horas, pero aún no había anochecido así que decidí seguir adelante.



Hacía muchísimo frío. Se hizo de noche. Conducía ya entre montañas a casi 2000 metros de altitud. Ni un pueblo. Ni un coche. De vez en cuando me cruzaba con algún camión. Poco más.
Noche cerrada. Cada vez más frío. Y la aguja del diesel baja a la línea roja. No he visto gasolineras así que paro en el arcén y sin apagar el coche pongo los 20 litros de diesel que llevo en el bidón. El frío duele. La tiritona se convierte en una especie de baile involuntario.
Entro de nuevo en el coche y sigo conduciendo. Ya no quiero llegar a Erzurum sino a algún pueblo donde cenar una sopa ardiente y encontrar una habitación de hotel barata y con calefacción.
Sigo conduciendo en medio de montañas, solo, de noche, tapado con mantas, guantes y gorro.
De repente la aguja de la temperatura se dispara al máximo. En cuanto lo veo freno de golpe y me salgo a la grava del arcén. En ese momento veo como el agua del circuito de refrigeración salta, atraviesa las ranuras del capó y llega hasta el parabrisas! Dios! Eso no debe significar nada bueno...!
Salgo del coche. El frío me bloquea, casi no puedo ni moverme. Abro el capó y veo que el tapón de llenado del agua ha volado y desaparecido, y detrás de él ha salido el agua.
Relleno el circuito y salgo en busca del tapón. Recorro andando los últimos metros que he hecho en coche, con una linterna busco el tapón por el asfalto, bajo al monte y lo busco entre la nieve... nada. Me muero de frío así que vuelvo al coche.
No pasa nadie. No puedo dormir allí sin calefacción así que solo me queda una opción, seguir conduciendo hasta que llegue a cualquier sitio donde pueda refugiarme.
Con cinta americana y unas bridas hago un apaño para intentar que el agua no salga de su circuito. Sé que en cuanto coja un poco de temperatura va a lanzar por los aires el improvisado tapón así que no fuerzo el coche, incluso lo dejo rodar cuesta abajo sin tocar el acelerador.
Son unos kms angustiosos, buscando una luz a los bordes de la carretera, un coche, una persona...
30 kms después llego a un pueblecito, Horasan, donde encuentro un restaurante, un hotel, y me dicen que al día siguiente podré localizar un mecánico.
Respiro tranquilo y desde la habitación del hotel veo que el termómetro de la calle marca -15ºC.
Al día siguiente no hay manera de arrancar el coche, el mecánico viene al hotel y medio pueblo se descojona de mí por llevar agua en vez de anticongelante.
Acabamos desmontando el radiador para vaciarlo a conciencia. Además la bomba del gasoil hace un ruido muy feo: el poco diesel del depósito está medio granizado.
Y la batería ha muerto.





Durante las largas horas de trabajo y espera en el taller preparé té una y otra vez para que todos entrásemos en calor...

Después de todo el día dando vueltas por el taller y la ciudad ya tengo el coche arrancado, el circuito lleno de anticongelante, y la batería recargada. Pero queda una hora para anochecer y no es momento de aventurarse de nuevo por las carreteras aisladas entre montañas, así que paso una noche más en Horasan.

Durante el día quité las cosas de la fregadera y encontré el agua congelada.

En una tetería de charla con los sorprendidos turcos...

Madrugo para salir pronto de allí y llegar lo antes posible a zonas más bajas y templadas.
A las 7:00 a.m. estoy listo para salir, pero el coche no arranca.
Se reúnen 10 personas alrededor, incluido el mecánico, al que vuelvo a pedir ayuda.
Unos hacen fuego para calentar el motor, otros van a comprar éter, otros traen una batería de camión para seguir intentándolo...
Por fin, 4 horas más tarde, el coche está arrancado y salgo de allí pitando con los ojos atentos a todas las agujas y los oídos afinados para detectar cualquier sonido extraño. De hecho ahora todos los sonidos me parecen extraños.



Después de 500 kms llego a Sivas, una ciudad que ya conocía de otro viaje por Turquía. Aquí hace un poco menos frío, pero muy poco.
La ciudad ha crecido mucho desde la última vez que la visité, y se ha ‘europeizado’ mucho más aún.
Busco un hotel barato pero los que veo no me convencen... así que entro el Pasabey Otel. Es mucho más caro de lo que buscaba, pero después de varios días de incertidumbres y tensión me siento reconfortado en un hotel donde la pintura de las paredes no se cae a trozos, los muebles no han sido recuperados de la basura, y los empleados hablan al menos un inglés tan básico como el mío. Y en el fondo no son más que 30 euros.
Dejo el coche en el parking privado del hotel guiándome con la brújula para que al día siguiente le dé el sol lo antes posible, ceno copiosamente en el restaurante, me doy una larga ducha en el impoluto baño de la habitación, me trinco varias cervezas mientras disfruto de sábanas que huelen a suavizante, y me duermo mientras imagino cómo intentaré arrancar el coche a la mañana siguiente.

Después de un espectacular desayuno me acerco al parking y noto que no hace tanto frío como días atrás así que confío en poder arrancar el coche yo solito.
Desmonto la toma de aire, preparo el éter, giro la llave para que los calentadores hagan su trabajo... bbbbrrrrrr... brrrrrruuuuu.... brrrruuuuummmm bruum... A los diez minutos lo consigo, así que mientras el coche se calienta vuelvo al hotel, recojo, pago y bye bye Sivas.
Todo en el coche me suena raro, me huele raro, me he obsesionado, así que me olvido de la costa y pongo rumbo a Estambul, donde podré hacer una revisión al coche, y además disfrutaré de una ciudad menos abarrotada que en pleno agosto, que fue cuando pasamos por allí.
Así que rumbo al Oeste... y después de 13 horas y 900 kms llego a Estambul. El coche no ha dado ningún problema, de hecho ha ido muy ligero, sonaba bien, será que el frío no le gusta.


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lunes, 5 de septiembre de 2011

09 Erzurum (Turquía) - Tbilisi (Georgia)

Una vez que terminamos los temas pendientes en Erzurum nos dirigimos hacia la frontera con Georgia, pasando por unas carreteras de paisajes espectaculares.
Y como hace mucho calor y hay que beber mucho, de vez en cuando hay que parar a un lado de la carretera...

Últimos kms por Turquía hacia la frontera con Georgia.



Ya por la noche llegamos a Çildir, y paramos a dormir en una gasolinera peculiar.


Aquí conocimos a Zeti, un profesor de wrestling que chapurrea algo de inglés y nos ofrece su casa para desayunar a la mañana siguiente. A pesar de su gran tamaño y aspecto de ‘bruto’ es un tío muy amable, alegre y simpático.
Su casa está en una aldea cercana a la gasolinera así que por la mañana preguntamos por él a un vecino y enseguida nos indica cómo llegar.

Camino a la aldea de Zeti donde nos esperaba un desayuno espectacular.


Zeti vive por temporadas entre esta aldea donde nació; en Antalya donde tiene un restaurante para los turistas que abarrotan la costa durante el verano; y en Estambul donde entrena a chavales que quieren practicar wrestling.
Dice que a pesar de haber viajado por media Europa, y de vivir varios meses al año en una ciudad tan interesante como Estambul, su lugar preferido es esta pequeña aldea, donde vive tranquilo con su familia.
Las parcelas de la aldea están divididas por el estiércol que los vecinos recogen y ponen a secar al sol.


Hace dos años Zeti construyó él mismo una nueva casa en la que ahora vive con su madre, su tío, su mujer, sus dos hijos y su hermano.
Cuando llegamos a su casa todos nos están esperando, sonríen alegres mientras nos saludan mil veces.
Después de descalzarnos, por supuesto, entramos en casa y charlamos largo y tendido. Gurjan, el hermano de Zeti estuvo unos meses en Londres estudiando inglés así que casi todas las conversaciones pasan por él, que hace de traductor entre sus familiares y nosotros, y viceversa.
Gurjan tiene 28 años, ha estudiado economía, y le gusta viajar. Dice que las chicas de las ciudades son muy complicadas y está buscando novia en la aldea, en la que hay 200 habitantes.
Él no desayuna con nosotros porque estamos en el Ramadán y cree que el ayuno le ayudará a purificar su interior.
La mujer de Zeti tampoco prueba bocado. Ni sus hijos.
Zeti en cambio no para de comer. Dice que es ateo y que la culpa la tiene su tío, al que llama ‘revolucionario’, y que a nuestro lado tampoco deja de hincar el diente a todo lo que hay en la mesa: huevos cocidos, salchichas, tomates, quesos de diferentes tipos, yogurt, té, pan, mantequilla, mermelada casera...
La madre de Zeti dice que ella tampoco come durante el Ramadán, pero un rato después se sirve unos tés y come unas tostadas explicando que la diabetes le obliga a ello.

Cuando le contamos que queremos ir a Baku para cruzar el Caspio llama a un amigo suyo que es militar allí, y además trabaja cerca del puerto. Este hombre le informa que hay barcos a Turkmenbasi todos los días a las 15:00 y a las 17:00. Zeti nos da los datos de contacto de su amigo para que le llamemos una vez que lleguemos. Una muy buena noticia que luego no tendrá la más mínima importancia puesto que ni siquiera podremos entrar en Azerbaiyán.



Zeti también nos informa que la frontera que pensábamos cruzar entre Turquía y Georgia está cerrada, así que tendremos que ir hasta la siguiente, unos 150 kms más al Oeste.

Después de intercambiar correos, teléfonos, etc, y con el estómago lleno, seguimos rumbo a Georgia.
Llegamos al puesto de control turco y nos encontramos una valla cerrada a cal y canto, y nadie en las garitas de vigilancia. Esperamos unos minutos y a unos cuentos metros vemos pasar un tipo vestido de uniforme al que hacemos gestos para que nos abra.
Se acerca y nos pide que le ayudemos a empujar la verja, él solo no puede.

Nos sellan el pasaporte, firmamos un par de documentos y nos dejan salir de Turquía.

Vamos hacia el puesto de control de Georgia:
- Turistas?
- Sí
- Ambulancia? –preguntan mientras señalan el Land Rover
- No, caravana
Pasaporte, nos hacen una foto con una webcam, sello..
- Welcome to Georgia

Así de fácil. Y gratis.

Desde la frontera hasta Tbilisi, la capital, vemos un montón de pueblos y ciudades en los que no parece que haya crisis del ladrillo sino todo lo contrario, están construyendo cientos de edificios de viviendas. Barrios enteros que son casi pequeñas ciudades se extienden por las afueras de las ya existentes.


La carretera no es muy buena en los primeros kms. Luego mejora algo, pero en mitad de una autopista de 4 carriles te puedes encontrar un agujero del tamaño de un saco de patatas.
Llegamos a Tbilisi y por supuesto nos dedicamos a catar la cerveza local mientras esperamos que llegue la hora de recoger en el aeropuerto al nuevo integrante del ‘Comando Caucásico’.

Tbilisi.

















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